La rica familia Conway aprovecha el cumpleaños de su hija Kay para celebrar también el fin de la Primera Guerra Mundial. Dicha familia está formada por la señora Conway, sus dos hijos Robin y Alan, y sus cuatro hijas Carol, Hazel, Madge y Kay. Hay varios invitados a la fiesta. Está Joan, una chica de la que Alan está perdidamente enamorado; Ernest, un muchacho con grandes aspiraciones al que Hazel desprecia profundamente; Gerald, posible pretendiente de Madge... se les ve a todos felices y radiantes, llenos de vida y celebrando el maravilloso futuro que les espera. Sin embargo, Kay empieza a tener una extraña ensoñación que le muestra cómo serán las cosas 18 años después.
Esta obra de teatro de J. B. Priestley es bastante dura. Está dividida en tres actos: el primero nos presenta los personajes en la fiesta, el segundo nos presenta la terrible visión de futuro de Kay en la que se ve cómo todas las esperanzas de cada uno de los personajes se han venido abajo. Las parejas que parecía que serían felices están rotas, algunos ya no siguen con ellos, los que parecía que iban a comerse el mundo se ven al lado de quien más detestaban. Es, en definitiva, un montón de sueños rotos. El tercer acto vuelve al presente y, con desasosiego, Kay ve cómo todo ese sueño que tan inverosímil y alejado de la realidad parecía empieza a tornarse como algo posible.

Sin embargo esta obra es, en definitiva, una reflexión sobre el tiempo y el modo en el que nos pesa a todos: nos enseña que no debemos ser demasiado optimistas sobre lo que nos depara el futuro y aprender a labrarnos nosotros mismos lo que esperamos de él. No solo es, sino a medir cada uno de nuestros pasos y contar que los demás tienen sus propios planes y expectativas que pueden chocar con las nuestras.
Es terrible. Yo me he sentido completamente destrozada: ¿qué puede uno esperar de sí mismo cuando tiene la sensación de que, haga lo que haga, todo está abocado al fracaso? Y esa sensación es la que predomina durante los dos últimos actos, en los que solo Alan y Kay parecen ser... no inmunes, pero sí al menos no han sido aplastados por el peso del destino, o de la herida del tiempo.
Me llamó la atención al mirar la edición saber que la primera vez que se editó fue en 1937: Justo a las puertas de la Segunda Guerra Mundial. Es como si, en cierto modo, Priestley hubiera recordado las esperanzas de felicidad que él mismo y su familia tuvieron al terminar la Gran Guerra. Y no solos u familia, sino toda su Inglaterra natal y ahora viera que sus ilusiones solo los ha visto abocados a caer de nuevo en el mismo error, la misma miseria... o incluso una todavía peor.

¿Alguien más ha leído esta obra? ¿Os habéis sentido tan hundidos como yo? ¿Os resulta interesante la concepción tan especial del tiempo que tiene esta obra?