Reconozco
que comencé a leer El océano al final del camino con cierto recelo, por no
decir con bastante. Estaba intrigada por leer finalmente algo de Neil Gaiman,
ya que desde hace algún tiempo no he dejado de oír alabanzas al autor
británico. Sin embargo, estos halagos solían venir de unos acérrimos fans que…
bueno, son acérrimos. Y ya sabemos que cuando admiramos mucho algo solemos ser
incapaces de verlo con objetividad. Pero finalmente saqué el libro de la biblioteca, dispuesta a
darle una oportunidad.
Y me
encantó.
Con agilidad
y fluidez, Gaiman nos sumerge en la mente de un niño, cosa que no es
precisamente sencilla; ya se sabe que los niños y los adultos no ven el mundo
de la misma forma. Sin embargo, el candor y la inocencia que rezuman durante
toda la parte del relato en la que el protagonista “vuelve” a sus siete
años es prácticamente perfecta, dándosele importancia a todos aquellos
acontecimientos que tendrían más relevantes para un infante y solo esbozando las
cosas que no le resultarían interesantes o no sería capaz de comprender…
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Fanart del libro. |
A pesar de su carácter tierno, no por ello carece de una parte tétrica. La presencia en este que algo que no debería estar está muy lograda. La tensión está presente en todo momento y es fácil sentir el miedo y la inseguridad que siente el pequeño cuando entra en contacto con este ser.
Si bien los elementos fantásticos sean abundantes, son desde luego son muy imaginativos. La identificación del estanque que hay junto a la casa de la enigmática niña Lettie con un océano me pareció brillante, no solo por lo que llega a suponer, sino porque es algo que, una vez más, casa perfectamente con la mente de un niño. Para un adulto, un estanque nunca puede ser un océano.
Si bien los elementos fantásticos sean abundantes, son desde luego son muy imaginativos. La identificación del estanque que hay junto a la casa de la enigmática niña Lettie con un océano me pareció brillante, no solo por lo que llega a suponer, sino porque es algo que, una vez más, casa perfectamente con la mente de un niño. Para un adulto, un estanque nunca puede ser un océano.
Creo
que por este tipo de cosas es por lo que es tan fácil identificarse con el pequeño
protagonista. Todos hemos sido niños alguna vez. Sabemos lo que es que nuestra infantil y fantasiosa visión del mundo se mezcle con la realidad de las personas mayores, hasta llegar al
punto en el que ya no estamos seguro de su las cosas ocurrieron tal y como las
recordamos... ¿Esos recuerdos ocurrieron realmente? ¿Son como los recordamos? ¿Ha pesado más lo que experimentamos o lo que nos enseñaron a creer los mayores?
A decir verdad, creo que esta dispersa línea entre la realidad y la ficción a causa del punto de vista de un chiquillo, denota ya una cierta inspiración en Alicia en el País de las Maravillas... Que es cada vez más clara a medida que se va leyendo.
Una
novela corta y aparentemente sencilla, fácil de leer y terriblemente adictiva
que es perfecta tanto para niños valientes como para adultos en los que sigue
habiendo un niño.
Por
cierto, he visto alguna que otra queja sobre las notas de la traductora, Mónica Faerna, cuando cita la
obra de Carroll, o mejor dicho, las traducciones, ya que dicen que les
incomodan la lectura. Siento decirles que, de no haberlo hecho, la traductora,
cuyo trabajo me ha parecido fantástico, podría meterse en serios problemas
legales, ya que apropiarse del trabajo de otra persona es un delito importante.